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miércoles, 30 de abril de 2008

Cortázar

El otro día me acordé de este texto hablando con Lau. Que lo disfruten.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y más adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Cortázar, Julio; Historias de cronopios y de famas

lunes, 25 de febrero de 2008

Cadena

Volvía con él a casa en micro y durante el viaje tuve que detenerme varias veces a mirar por la ventanilla, para saber por qué parte del trayecto iba, como perdida en el camino y hallada en él.
Me transformó el viaje monótono en un momento singular: tanto que entre emociones y alguna risita descuidada que se me escapaba, tuve que contenerme varias veces para que no se me escape un lea esto, señora, mire qué maravilla hacia mi desconocida compañera de asiento. Ubicación, sería tal vez la palabra que me frena con un esfuerzo sobrenatural. Hoy me pasó lo mismo, sólo que el compañero de asiento se las rebuscaba para mirar disimuladamente, aunque lo más probable es que no haya visto nada.
El consuelo que me queda por la "ubicación" de la que se peca teniendo cosas como esa entre las manos es cerrar el libro unos minutos antes de bajarme del micro, para que la señora o el chico descubran por dónde era que andaba el tiempo que no estaba al lado suyo, y tengan a su vez la posibilidad de sacar el boleto de ese viaje por su cuenta.

Gracias a Zimbon lei La función del Arte y me llevé el libro de su casa y en el micro tal vez alguien me vio embobada y vio la tapa del libro y tal vez lo está leyendo ahora mientras yo comento y muestro a todo el mundo que gracias a Zimbon lei La función del Arte y me llevé el libro de su casa...


El Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano

miércoles, 13 de febrero de 2008

Neruda

No recuerdo exactamente cuando comenzó mi relación con Neruda. Creo que nadie lo recordaría en estos tiempos en los que demás está decir que la influencia de Neruda se ve en todos lados. En mi caso no recuerdo cuando fue que comencé a leerlo, pero sí recuerdo un momento en que aquello de la causalidad mágica que, según mi teoría ya esbozada en otra entrada, tiene el Libro, apareció indesligablemente de la mano del autor.
Una persona muy especial, de esas que contribuyen a su modo a marcar un período en la vida de uno, se apareció con Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Yo ya estaba yéndome, conteniendo lágrimas, a punto de quebrarme pero, evidentemente, persona y libro me buscaban. Agradecí el regalo y salí corriendo (sí, corriendo).
Sucedía que quería huir de un amor que no llegaba a ser poema, de una canción desesperada que no iba a escuchar nadie. Pero comenzaba a calmar a mis piernas sin dejar de aferrarme al libro, que lloré y lloró conmigo, e hicimos de mi amor (que no era) un poema, y de la canción la más desesperada, y todo se tornó delicisiosamente doloroso como, en mi opinión, deben sentirse los amores no correspondidos.

Particularmente De Bolsillo tiene unas muy buenas ediciones de la obra nerudiana que incluyen muy buenos prólogos y notas muy interesantes (todo "muy"...reiterativo). El libro que mencioné era de esta editorial. Me gustaría comprarme los que me faltan, pero no le voy a quitar al destino la diversión de hacerme correr huyendo, o quien sabe qué otra cosa.

-10-
Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

Pablo Neruda,
Veinte Poemas de amor y una canción desesperada.

lunes, 11 de febrero de 2008

El Navegante

Comencé las vacaciones leyendo lo primero que encontré arriba de la mesa (en la que siempre se encuentra cualquier cosa que a uno se le ocurra), El Código Da Vinci (que al menos en esta entrada no merecerá ninguna atención especial). Finalizada la lectura de este último, me puse a revolver la biblioteca y encontré, por fin y con predisposición de mi parte para leerlo, El Navegante de Morris West; un libro que mi vieja me venía recomendando hace años y nunca me digné a leer. Antes de hacerlo, volví a interrogar a mi mamá acerca de qué fue lo que produjo en ella. Me habló acerca de una magnífica pluma, con descripciones de paisajes paradisíacos y hasta lágrimas provocadas por ciertos pasajes.
Existía la isla, y la sensación de que me había perdido durante mucho tiempo del poder disfrutar de la forma de escribir de este autor del cual nunca había leído nada.
Siempre que termino un libro siento como que me despido de un buen amigo del cual me separo durante mucho tiempo. Porque por más de que lo pueda volver a leer en cualquier momento, seguramente cambiará mi perspectiva, y me va a hacer pasar por nuevas sensaciones. También tengo la certeza de que gran parte de la magia del libro, cualquiera que sea, se debe a la causalidad de su llegada en ese preciso momento y lugar, y a la enseñanza que me deja, por mínima que sea, justo cuando andaba buscando una respuesta a alguna pregunta que incluso el mismo libro me revela.
En particular El Navegante llegó a mi vida justo cuando quería un buen descanso, cuando tenía muchas ganas de perderme en alguna isla desierta. Y durante algunos días viví con aquellos que llegaron a la isla, y me perdí en ese paraíso, pero también me las ví con el peligro de dejar todo atrás y tener que pensar en como afrontar las novedades, los peligros que implica aceptar un cambio de vida. Cuando lo terminé me despedí como de ese amigo que vino después de navegar por lugares paradisíacos y que ahora se va por un tiempo, después de haberme venido a visitar para darme esa paz que necesitaba. Y como buen amigo, él se había dado cuenta.