Comencé las vacaciones leyendo lo primero que encontré arriba de la mesa (en la que siempre se encuentra cualquier cosa que a uno se le ocurra), El Código Da Vinci (que al menos en esta entrada no merecerá ninguna atención especial). Finalizada la lectura de este último, me puse a revolver la biblioteca y encontré, por fin y con predisposición de mi parte para leerlo, El Navegante de Morris West; un libro que mi vieja me venía recomendando hace años y nunca me digné a leer. Antes de hacerlo, volví a interrogar a mi mamá acerca de qué fue lo que produjo en ella. Me habló acerca de una magnífica pluma, con descripciones de paisajes paradisíacos y hasta lágrimas provocadas por ciertos pasajes.
Existía la isla, y la sensación de que me había perdido durante mucho tiempo del poder disfrutar de la forma de escribir de este autor del cual nunca había leído nada.
Existía la isla, y la sensación de que me había perdido durante mucho tiempo del poder disfrutar de la forma de escribir de este autor del cual nunca había leído nada.
Siempre que termino un libro siento como que me despido de un buen amigo del cual me separo
durante mucho tiempo. Porque por más de que lo pueda volver a leer en cualquier momento, seguramente cambiará mi perspectiva, y me va a hacer pasar por nuevas sensaciones. También tengo la certeza de que gran parte de la magia del libro, cualquiera que sea, se debe a la causalidad de su llegada en ese preciso momento y lugar, y a la enseñanza que me deja, por mínima que sea, justo cuando andaba buscando una respuesta a alguna pregunta que incluso el mismo libro me revela.
durante mucho tiempo. Porque por más de que lo pueda volver a leer en cualquier momento, seguramente cambiará mi perspectiva, y me va a hacer pasar por nuevas sensaciones. También tengo la certeza de que gran parte de la magia del libro, cualquiera que sea, se debe a la causalidad de su llegada en ese preciso momento y lugar, y a la enseñanza que me deja, por mínima que sea, justo cuando andaba buscando una respuesta a alguna pregunta que incluso el mismo libro me revela.En particular El Navegante llegó a mi vida justo cuando quería un buen descanso, cuando tenía muchas ganas de perderme en alguna isla desierta. Y durante algunos días viví con aquellos que llegaron a la isla, y me perdí en ese paraíso, pero también me las ví con el peligro de dejar todo atrás y tener que pensar en como afrontar las novedades, los peligros que implica aceptar un cambio de vida. Cuando lo terminé me despedí como de ese amigo que vino después de navegar por lugares paradisíacos y que ahora se va por un tiempo, después de haberme venido a visitar para darme esa paz que necesitaba. Y como buen amigo, él se había dado cuenta.
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